Desde diciembre de 2019 vivimos en una pura intranquilidad; a partir del 14 de marzo de 2020 la depresión, los ataques de pánico y los suicidios han aumentado considerablemente, son los problemas de salud mental a los que habrá que dar solución, además de los problemas sanitarios y económicos.
Vuelvo en días de preocupación a libros que me han acompañado desde siempre. Uno de ellos es Ocnos de Luis Cernuda, que comenzó a gestar en Londres, cuando el poeta se encuentra en el exilio y sabe que no volverá a España. Desde Glasgow Cernuda añora Sevilla y estas páginas, prosa poética, pretende que sean un rescate de su vida. Con este libro Cernuda logra uno de los poemas en prosa más logrados de nuestra literatura; otros son Platero y yo de Juan Ramón Jiménez y Leyendas de Bécquer; autores como Gómez de la Serna, Gabriel Miró y algunos autores actuales han contribuido también a cultivar este género.
Cernuda falleció antes de ver el volumen que había trabajado cuidadosamente, se editó completo, muy poco después de su muerte. Tenía cuarenta años, cuando en 1942 se publica por primera vez. Está escrito desde la nostalgia de su tierra y de una época más inocente, antes de pensar que le gustaría que la humanidad fuese una cucaracha para poder aplastarle la cabeza. Estudió Derecho en Sevilla y conoce a Pedro Salinas, joven catedrático de Literatura. Su primer poemario Perfil del aire, vio la luz en la revista Litoral dirigida entonces por Emilio Prados. En Los placeres prohibidos, celebra su homosexualidad sin disimulos y en 1936 publica toda su obra poética La realidad y el deseo, un libro fundamental para la poesía de su tiempo y para la literatura posterior. En México, se reencontró con su lengua y con una forma de vivir que asumió con sus defectos y virtudes.
Desde niño la soledad le acompañó, como después el exilio alejado de todo y de todos. Sevilla luce en estas páginas con la memoria del tiempo pasado y añorado; eternidad y amor recrean cada uno de sus textos que se leen despacio y proporcionan calma y belleza en estos tiempos airados. El recuerdo y la evocación nos muestran la sinceridad de sus inquietudes.
La crítica lo ha visto como un libro amargo, triunfo de una sensibilidad exigente. Su éxito, la autenticidad de sus páginas de reflexión de verdades eternas lo coloca en un lugar universal y único. La evolución de la escritura y los cambios sicológicos que experimenta se aprecian a lo largo de sus páginas en las que también encontramos armonía con el mundo exterior.
Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte. ¿Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?
Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntos de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo en torno de la fuente, estaban agrupadas las matas floridas de adelfas y azaleas. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquietos movimientos, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.
Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y etéreas, sin pasar.
Así como Ocnos halla en su asno una manera de pasatiempo, la sensibilidad de Luis Cernuda nos consuela de este mundo lleno de contradicciones y sobresaltos, apartado del sosiego y la esperanza que tanto necesitamos.
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