Una nueva entrega de Benjamin Black, la octava, en la que Banville suma al entretenimiento ingenio y arte. La escritura de Banville envuelve, incluso en las novelas menores. El género elegido, la novela negra, mejora con este cuidador de la palabra precisa, la expresión exacta, el estilo elegante y fluido.
Quirke, patólogo alcohólico, deprimido, fracasado y humano, casado con una psicóloga que comprende las situaciones y los conflictos, emprende unas vacaciones en una de las ciudades más romántica y hermosa de España, deslumbrante por sus paseos, su gastronomía y el mar que la envuelve.
Le costaba usar el verbo “querer” sin sentir un estremecimiento en su interior. Aun así se obligaba a decirlo, y a repetirlo, como para apuntalar algo que corría un constante peligro de derrumbarse. Era un poco de cemento que aplicaba a las juntas del edificio que habían levantado Evelyn y él. Ambos eran muy conscientes de la naturaleza defectuosa de esa estructura de paredes finas que formaban ellos dos acurrucados bajo el peso del mundo.
El sombrío Dublín queda lejos en este país vasco que enamora. La Irlanda gris y moral de su infancia, junto con la necesidad de borrar la palabra culpa del diccionario, denuncian el abuso de poder. El papel La Iglesia en este mundo brutal.
…Hacía mucho tiempo que había renunciado a la religión, y llevaba sin ir a misa desde… ¿vaya!, ni siquiera lo recordaba. Ahora todo eso parecía muy lejano, el ceremonial y los sacramentos, la comunión de los santos, el arrodillarse, los rezos y el arrepentimiento. En lo único que había creído de verdad de niña era en la doctrina del infierno. Desde entonces había visto lo bastante de la vida mortal para saber que no hacía falta esperar al más allá para hartarse de los espantos.
La acción y los sucesos se intensifican a medida que avanza la lectura, la humanidad de los personajes, sentimentales y vivos que protagonizan un suspense sin ruidos nos mantiene en alerta. La creación artística no solo está en a búsqueda de la sorpresa sino también en el cuidado de un estilo personal propio de un observador implacable. El compromiso con el lenguaje y el estilo, la trama y los personajes se nos muestran con generosidad.
Escribir bien es muy difícil y hay mucho más dolor que placer en la escritura por la necesidad de escribir la frase perfecta, por destacar la importancia del ritmo en la frase. Banville es un maestro. Empezó a escribir como Benjamin Black después de terminar El mar en 2005, estos dos hermanos y compañeros se complementan y ayudan. En la tradición de Simenon, este artesano del lenguaje ilumina las palabras con su luz y su inspiración. Su estilo me reconcilia con la belleza.
Se comió la tarta, se bebió el té. Escudriñó por la ventana y vio un mar plano e inmóvil que parecía una lámina hecha de incontables copos minúsculos de estaño brillante. Nada parecía real, la costa que se alejaba centímetro a centímetro tras ellos, y un banco de nubes blancas y esponjosas inmóviles en el horizonte, y el sol brillando invisible firmemente en alguna parte. La calma era otro consuelo. A esa altura todo parecía en suspenso, y apenas se percibía la velocidad. Estaba a flote.
El secreto es probablemente la esencia del ser humano. El secreto y la mentira que nos envuelven. El exterior se entrecruza con el interior en los personajes de los que conocemos sentimientos, fracasos e insatisfacciones. La vida con sus preocupaciones y desalientos.
¿Para cuándo el Nobel? Siempre candidato y galardonado con los mejores premios, sabemos que la lengua inglesa se beneficia con su obra. Esta prosa fantástica nos alivia en tiempos en los que la inseguridad y la provisionalidad se adueñan de nuestras vidas. Leer a Banville es disfrutar de la buena literatura, salir a la luz ahumada que ensancha la emoción y nos llena de vida.
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