Que la vida no es noble, ni buena, ni sagrada se aprende pronto y, a veces, muy pronto. Los libros que tratan de las difíciles relaciones familiares lo dejan claro, así como la comprobación de que la realidad supera con mucho a la ficción.
El olvido que seremos me gustó mucho. Apegos feroces también porque me pareció una radiografía brillante de las dependencias afectivas y el lastre y la limitación que una persona ejerce hacia otra que convive bajo el mismo techo. Me gusta mucho la autora y esa madre con su hija con una relación asfixiante no me resultó extraña.
Azúcar quemado de Avni Doshi me ha llegado por una buena crítica que me comentó un amigo que sabe que el tema me importa y me fío del premio del que ha sido finalista. La lectura, que no me ha dejado respirar, me ha impresionado y he sufrido en el recorrido de esta chica que desde niña padece el descuido de una madre que acaba perdiendo la memoria.
Perder la memoria es una tragedia personal, también para los pueblos que ignoran su pasado; conviene recordar y saber para vivir. Hay que ayudar a recordar para comprender. La falta de comunicación aparece cuando se pierden las certezas.
El sufrimiento de los niños abandonados o descuidados me duele profundamente, me resulta insoportable; una sociedad progresista y avanzada lo demuestra cuando los niños no pasan hambre y están protegidos y queridos por sus responsables, qué menos.
India, una cultura muy diferente a la nuestra; sabores, olores, el ashram, las creencias religiosas, rellenan un relato en primera persona en el que la protagonista nos conmueve hasta retorcernos. La lista de rencores y el dolor que sentimos nos sumerge en el túnel del sufrimiento. Madres e hijas que no se soportan más de un minuto, se generan estrés por estar juntas y empeoran su salud con solo verse. La dependencia que genera el sufrimiento nos hace ver la patología y la enfermedad que afecta una relación arruinada. Ambas se hacen sentir como una mierda, ni una pizca de clemencia. Se tienen rencores y odios insuperables en una competencia tan estéril como cruel.
Esos años de adolescencia fueron lo más cerca que estuve de adiarla. A menudo deseaba que nunca hubiera nacido, sabiendo que eso significaba también mi aniquilación. Comprendí lo profundamente conectadas que estábamos, y cómo su destrucción conduciría irrevocablemente a la mía.
Mujeres violadas, golpeadas y niños obligados a mirar. Una lectura exigente que nos sumerge en un mundo triste y amargo, depresivo y frustrante. Los amarillos descoloridos, los blancos de muerte, el conocimiento de que el matrimonio por lo general no genera felicidad y la afirmación de que Nunca me libraré de ella. Corre por mis venas y nunca seré inmune, la carga de una madre y después de una hija. La creencia de que las mujeres no servimos para nada en una cultura llena de tradiciones.
A veces, cuando hay demasiada gente en casa, me gustaría que muriera, al menos durante un tiempo, y luego regresara bajo cualquier forma que se adaptara mis necesidades. Puede que bajo la de un perro que me siguiera a todas partes. Incluso cuando se me ocurren estas ideas, no puedo creerme que las esté teniendo. La quiero, quiero a mi madre. La quiero a morir. No sé qué sería de mí sin ella. no sé quién sería. Si dejara de ser tan hija de la gran puta, la metería en cintura. Y esto en realidad no va a matarla, la calma. La vida sin azúcar la vuelve agua y errática y, para ser francos, infeliz, igual que cuando entró en mi habitación y registró mis cosas.
Me llega una canción de Mariza, Mãe, un alivio para tanto dolor. La novela está muy bien escrita, el mundo desmoronado que refleja aumenta estos días de desaliento en los que hace falta energía para seguir luchando por una vida digna y útil. Sentir la dependencia de los lazos familiares hasta la enfermedad y la anulación, así como la necesidad de no perder la identidad, no puede dejar indiferente a nadie. Escuchamos las voces de interior con la necesidad de recuperarnos e intervenir para entendernos mejor, libres de culpas y de rencores.
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