La última novela de Luis Landero, Lluvia fina, nos muestra a un escritor conocido, al que hemos leído desde Juegos de la edad tardía, una novela que, en su momento, nos sorprendió y en la que ocurre pocas veces, nos quedamos con la convicción de haber leído algo diferente y único, de estar ante una nueva voz sabia y conocedora de la literatura con el buen oficio del buen profesor. Entre la primera novela y la última, más de veinte años en el que rastreamos el impecable oficio de escritor de este extremeño universal, conocedor de varios oficios.
Es una novela corta, casi un cuento, que llegó a mis manos como un regalo y que he leído de un tirón. Me ha sumergido en un mar de confusiones relativas a la felicidad, el amor, la soledad, los otros, el silencio. Landero es un narrador al que mi generación admira. Sus personajes, bajo la mirada benévola de un autor incomparable, se mueven entre la realidad y la ficción, lo verosímil y lo inverosímil. Mima las palabras como un poeta, las estructura y, casi sin darnos cuenta, te conduce por el camino de la experiencia hacia la esperanza.
Es curioso, un amigo que escribe sus memorias me cuenta que cuando las lea su hermana, con escasa diferencia de edad, no las reconocerá en parte, y tampoco estará de acuerdo con las infancias que vivieron. No hay una mirada única sobre los recuerdos y sobre el pasado, que a menudo aparece fragmentado como en un sueño.
¿Hay que ser sinceros y decir la verdad aunque no convenga? Diferentes modelos educativos familiares ofrecen respuestas diversas, no sé qué pensar. Landero nos ayuda a conocer una realidad familiar con una psicología complicada. Nada es lo que parece. Cuando un viernes se le ocurre a Gabriel reunir a la familia con motivo del ochenta cumpleaños de su madre, la suerte está echada. Como la crónica de una muerte anunciada la fatalidad de que las fiestas familiares acaban en fatales desenlaces se cumple, las palabras de unos y otros nos lo confirman. Aurora lo advierte, esas palabras inconfesables pueden trastornar todo.
La necesidad compulsiva de contar, cada uno tiene su visión, por cierto contradictoria, deja al lector perplejo. El resultado es un conjunto de historias entrecruzadas y dispares que llegan al oído de Aurora: antiguas ofensas, rencores y querellas reaparecen como una fina lluvia que cala hasta lo más hondo.
La infancia, en la que vivimos el presente y la inocencia, se va empañando hasta llegar a unas vidas que no reconocemos. Esta verdad poliédrica contada por varias voces nos muestra a una madre, lorquiana, y a unos hijos que han tenido que mentir para soportar la verdad. Secretos y mentiras. Cotidianeidad y aburrimiento.
Los diálogos y la concentración temporal son importantes, se prestan a una representación teatral. Landeropartió de una noticia de periódico, con su particular construcción de un universo literario la ha transformado en esa literatura que nos apasiona. Una historia que empieza siendo trivial y hasta festiva y que acaba en ruina y en desastre como se intuye desde el primer momento:
Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. Quizá tampoco lo sean las conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por hablar. Quizá ni siquiera lo que se habla en sueños sea del todo inocente. Hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza, y no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen. No es verdad. Puede ocurrir que ciertos ecos de los dichos, y hasta de los dichos más triviales, sigan como en letargo durante muchos años, latiendo débilmente en un rincón de la memoria, esperando una segunda oportunidad de regresar al presente para aumentar y corregir lo que no quedó del todo claro en su momento, y a menudo con una elocuencia y un alcance significativo que exceden con mucho a los que tuvieron en su origen. Ahí están, no hay más que verlos, llegan revestidos con extraños ropajes, al son de músicas exóticas, con trazas nunca vistas, y es que traen noticias, grandes y asombrosas noticias, de un pasado que acaso no existió jamás. Y siempre. siempre. los relatos o las palabras que vuelven de los oscuros ámbitos de la memoria llegan en son de guerra, cargados de agravios, y ansiosos de reivindicación y de discordia. Es como si en el largo exilio del olvido hubieran ahondado en sus mundos imaginarios, hurgando en sus entrañas, como el doctor Moreau con sus criaturas monstruosas, hasta sufrir una total, una fantástica metamorfosis.
El valor terapéutico de hablar, de contar ¡qué tendrá la narración que nos consuela tanto de las culpas y errores y de las muchas penas que los años van dejando a su paso!
Hablar y callar, el valor del silencio y del olvido…el silencio inmortal y el consentido. Todos tenemos dentro un montón de palabras que son ideas enjauladas y hambrientas que están rabiando para salir a la luz.
Todos guardamos esos secretos inconfesables y con la máscara que nos protege callamos e intentamos olvidar. A veces esa verdad salta como un resorte y no hay quien la pare hasta calarnos como la lluvia fina.
El final es terrible y tremendo. Landero no nos lo ahorra, nos sobrecoge y profundiza en la terrible idea de lo duro que es vivir y que aunque nos contemos una excusa no hay defensa posible.
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